CUADERNOS DE ARTE E ICONOGRAFIA / Tomo IV - 7. 1991
 

 

IMÁGENES DEL JUEGO DE AJEDREZ

Pedro J. Lavado Paradinas

Nada hay más simple que creer que el ajedrez es tan sólo un juego. Por un lado su rico simbolismo y, por otro, la doble alternancia del juego-reflexión y del juego-azar que a menudo conviven en el mismo tablero de juegos, son la mejor prueba.

Stefan Zweig definió así al juego de reyes: "... el único entre todos los ideados por el hombre que se sustrae soberanamente a toda tiranía del azar y otorga sus laureles de vencedor de un modo exclusivo al espíritu, más propiamente dicho, a una forma determinada de la habilidad intelectual. ¿Pero no se comete una falta de empequeñecimiento humillante con sólo tildar de juego al ajedrez?¿No es también una ciencia, una técnica, un arte, algo que se cierne entre esas categorías, como el ataúd de Mahoma entre el cielo y la tierra, una trabazón única entre todos los contrastes: antiquísimo y eternamente joven; mecánico en la disposición, y, sin embargo, eficaz solamente por obra de la fantasía; limitado en el espacio, geométricamente fijo y ala vez ilimitado en sus combinaciones, desarrollándose de continuo y, no obstante, estéril? un pensar que no conduce a nada; una matemática que nada soluciona; un arte sin obras; una arquitectura sin substancia y, no obstante, evidentemente más duradero en su existencia y ser que todos los libros y obras de arte; el único juego propio de todos los pueblos y tiempos y del que nadie sabe qué dios lo legó a la Tierra para matar el hastío, aguzar los sentidos y poner en tensión el alma?" (1).

Más o menos de forma similar, Italo Calvino se sirve de la metáfora del ajedrez para describir los viajes de Marco Polo ante Kublai Kan: "... Kublai era un atento jugador de ajedrez; siguiendo los gestos de Marco observaba que ciertas piezas implicaban o excluían la vecindad de otras piezas y se desplazaban según ciertas líneas... Pensó: 'Si cada ciudad es como una partida de ajedrez, el día que llegue a conocer sus reglas poseeré finalmente mi imperio, aunque jamás consiga conocer todas las ciudades que contiene'".

"... En adelante Kublai Kan no tenía necesidad de enviar a Marco Polo a expediciones lejanas: lo retenía jugando interminables partidas de ajedrez. El conocimiento del imperio estaba escondido en el diseño trazado por los saltos espigados del caballo, por los pasajes en diagonal que se abren a las incursiones del alfil, por el paso arrastrado y cauto del rey y del humilde peón, por las alternativas inexorables de cada partida" (2).

Si bien ambas referencias podían ser calificadas de meramente literarias, la realidad nos muestra que el ajedrez formó parte de los quehaceres del hombre medieval. Así Pedro Alfonso considera el juego del ajedrez (scacis ludere) como una de las siete artes que debe dominar el caballero: "Probitates vero haec sunt: equitare, versificare, sagittare, nadare, cestibus certare, scacis ludere et ancupare" (3) (fig. 1). Lo cual no quita para que otros autores medievales tomen partido de muy diferente forma sobre este juego, pues Alfonso Alvarez de Villasandino, arrepentido, se queja en el Cancionero de Baena de: "axedrez, tablas e dados, que le ficieron todo mal" (4), posiblemente más los últimos por su repercusión en cuanto a apuestas o pérdidas, o las riñas provocadas por los juegos de azar. No olvidemos que otro tanto viene a decirse de algunos de estos juegos que provocaban riñas y enemistad al perder (5) y complicadas situaciones en las que se veían envueltos los jugadores, teniendo que jugarse no sólo el dinero o la ropa., sino llegar a ciertos juramentos que penaba la Iglesia (6) (fig. 2).

De la misma forma, Ferrandis hace una referencia en La vida en el Islam Español, en la que, sirviéndose de un dato aportado por F. Pareja, señala la prohibición de jugar o incluso de mirar que tenían los musulmanes con respecto al nard o tablas reales, ya que el juego se hallaba en íntima dependencia del azar y la fortuna de los dados, lo que comprometía al fatalismo musulmán, mientras que el ajedrez, como actividad más de libre iniciativa, obtuvo algún consentimiento por parte del Califato (7).

Más contradictoria parece la opinión que merecía el ajedrez a los árabes de Medina, que, según cita que recoge Otto-Dorn (8), dice que: "es un juego de bárbaros, que cuando se reúnen para jugarlo, se sonríen unos a otros como las vacas. Por eso han inventado la ocupación del ajedrez". El hecho puede parecer un tanto inusual, más cuando hay pocas veces que vea uno sonreír a los jugadores de ajedrez, ni ahora, ni nunca, pero claro está que uno no sabe cómo lo hacen las vacas. Más aún, contrasta el hecho cuando parece ser que los árabes se convirtieron en difusores de este juego por todo el Mediterráneo, a la vez que se asociaba con otro de origen anterior y ya conocido en el mundo romano (9).

Son asimismo más frecuentes los textos alusivos a la técnica del juego y en la que tanto árabes como judíos o cristianos parecen haber publicado sus más importantes partidas o defensas (10). Y otro tanto podría decirse de los orígenes legendarios de este juego que algunos retrayeron hasta el mundo egipcio o el mundo griego sin que existan mayores pruebas para ello que las que a menudo confunden algunas representaciones de personajes o animales egipcios jugando al senet, mientras que en el caso helénico la leyenda que lo atribuye a Palamedes tiene una muy difícil representación gráfica (11).

Es hecho común aceptado actualmente que el ajedrez no sólo etimológicamente, sino de forma práctica también, deriva de la voz caturanga, "cuatripartito", en evidente relación con las cuatro fuerzas del ejército indio: elefantes, carros, caballería e infantería. La voz sánscrita, junto con el juego, recibió todo el beneplácito e interés del mundo persa que transcribiría el juego como cadrang, a la vez que bautizaba más específicamente algunas piezas o jugadas: el sâh, rey dio origen luego al jaque y por asimilación a una denominación del juego, usual en las lenguas anglosajonas: Schach, chess... El faras, nuestro alférez, se convirtió en el caballero, el fil o elefante, pasaría a ser el alfil, el obispo o el fou y el baydak se convirtió en el peón o infante. Es curioso constatar que el ruhh, procedente d e la voz raxu-vartin o carro de guerra, pasó a convertirse en torre o roque, término con el que aún le conocen algunos documentos medievales y con el que se bautiza la acción de enrocar, realizada entre el rey y la torre (12).

Las variantes del juego de ajedrez que conocemos en parte por el manuscrito ilustrado de Alfonso X, el Sabio, Libro de Ajedrez, Dados y Tablas (13) se hallan en función del número de participantes o de las casillas del juego, ya que, por lo general, los movimientos y la identificación de las piezas permanece, sin ofrecer ninguna otra proximidad con similares juegos del mundo extremo-oriental, caso del ajedrez chino o shogi (14). Hay ajedreces en los que juegan cuatro personas y que se identifica con las cuatro estaciones del año o el gran juego de escaques de la Astronomía en la que juegan siete (15). Como de la misma forma hay un gran juego de ajedrez que tiene 12 casillas por lado y donde se vislumbran algunas figuras de animales como leones, toros, jirafas, cocodrilos o aves (16).

Las leyendas que explican el juego del ajedrez se multiplican y contagian de diversas lecturas acaecidas con el devenir del tiempo. Por lo general, son falsas y un tanto posteriores las que hacen jugar al ajedrez a algunos personajes bíblicos como Adán o Salomón, el primero para consolarse por la, muerte de Abel, y el segundo según fuentes árabes (17). En esa misma línea se llega a afirmar que fue el propio Jafet quien había encontrado el juego. Los personajes de la Antigüedad clásica también son considerados jugadores de ajedrez, caso de Aristóteles, que no sólo era gran jugador, sino que enseñó a Alejandro Magno, todo ello posiblemente debido a algunas interpretaciones medievales de la vida de Alejandro. En esa misma linea Galeno e Hipócrates se servían del ajedrez en la Medicina (18), hecho que aunque pueda parecer descabalado se halla en el común origen de las leyendas indias. Por lo general, es un rey al que la muerte de un hijo afecta en sobremanera, o en algún caso una reina a la que hay que anunciar el hecho de la desaparición de su hijo de una forma menos dolorosa. En todo caso, es un sabio el que enseña la técnica del juego a estos personajes reales que luego se identificarán con el propio rey Don Alfonso X, el Sabio o con el rey de Babilonia, Evilmerodach (19).

Las versiones son casi tantas como libros se han escrito del ajedrez, mas, por lo general, en todas late una regla común que es la que atañe al entretenimiento del juego y a la enseñanza que se desprende de éste, ya indicando que el rey necesita de otras piezas o personas, de la misma manera que en el juego sucede, o las ya seculares diferencias entre monarcas de la antigüedad ofreciéndose juegos o pruebas difícilmente superables.

Si en el ajedrez persiste una justificación de reflexión y de solidaridad, en el nard o juego de tablas hay valores numéricos que le entroncan con un simbolismo de tipo astronómico y alusivo al año. Piénsese que son 12 los meses y símbolos del Zodíaco, al igual que los campos del juego y que sumados los de uno y otro lado equivalen a las veinticuatro horas del día, al igual que el número de piezas, treinta, se halla en relación con los días del mes y los dos dados simbolizan día y noche (20). Pareja se sirve de esta reflexión, así como de otras para explicar algunas leyendas indias y persas que atañen al origen del juego de ajedrez y al del nard, siendo el primero más propio de la mentalidad hindú y el segundo de la mentalidad persa (21).

Un tema harto conocido es el de la remuneración ofrecida por el rey al sabio inventor que se resuelve con la ingenua demanda de un grano, un dirhem en otras fuentes, en la primera casilla y luego duplicando en las siguientes hasta alcanzar la última. Dante recoge recoge esta prueba numérica en su Paraíso. "Lo incendio lei seguiva ogui scintilla / ed eran tante, che il numero loro / piu che'l doppiar degli scacchi s'immilla" (22).

Otro tema frecuente, avalado en fuentes documentales y escritas, es el relativo a las doncellas que juegan al ajedrez, que en el caso de una princesa árabe defienden sus bienes y su vida en libertad, y en otros son origen de un símbolo heráldico como el que narra Piferrer en relación con la familia Gurowski (23).

Muchos son los tipos y variantes en el juego de ajedrez; algunos fueron antes mencionados y relacionados con imágenes del libro de Alfonso X el Sabio, otros también podrían ser puestos en relación con los grandes teóricos sobre el tema, caso del ajedrez cuadrado de 100 casillas que describe Mas'udî, u otro de cien con leones y camellos en los ángulos y que cita Râwaudî. Los hay, circulares, alargados de 16 por 4 casillas y en los que se juega en tres filas y algunos en los que los símbolos guerreros se han sustituido por partes del cuerpo humano: entendimiento, boca, oreja, ojo, mano y pie. Podría afirmarse, sin lugar a dudas, que existen ajedreces o tableros para todos los gustos, de la misma forma que pueden establecerse relaciones con otros juegos similares chinos o japoneses (24).

Las fuentes históricas y literarias, en especial del mundo medieval, recogen numerosas alusiones a juegos y jugadores de ajedrez, en algún caso como la conocida anécdota relativa a la partida que Ibn 'Ammâr gana a Alfonso VI y que servirá para que éste levante el asedio, previo pago de parias, tal y como cuenta Marrâkusi (25). Es de hacer constar que aunque todos los que han narrado esta anécdota se desviven en describir un tablero precioso, Pareja, aludiendo a fuentes árabes, dice que al acabar la partida "enrollaron el tablero", lo que sólo sería posible si éste era de tela o cuero. Son asimismo frecuentes las historias que ponen como justificación de la vida o éxitos de un determinado personaje árabe la victoria en el juego de ajedrez, caso de Yusuf III de Granada que, jugando con el alcaide de Salobreña, Abdalah Solín, llegó a su victoria a la vez que llegaba el anuncio de su liberación y nombramiento como futuro soberano nazarí. O el caso de Abû Bakr ben al-'Arabi que, cual nuevo Ulises, ganó su ventura en lejanas tierras jugando al ajedrez (26).

Fueron frecuentes los poetas que escribieron versos sobre el ajedrez. Ramadî lo hizo en una qasida e lbn Labbâna en la elegía por la muerte de Mu'tamid, en donde dice una frase que alcanzará un cierto éxito en la literatura emblemática del siglo XVI, como veremos más adelante en Covarrubias: "No somos s¡no piezas de ajedrez en las manos del destino"... -añadiendo luego- "¡Cuantas veces un peón da jaque mate al rey!" (27).

Más frecuente es la mención que hacen algunos escritos medievales acerca de juegos de ajedrez en los que hay que suponer el empleo de materiales muy ricos como el marfil y el cristal de roca y que se donan a algún templo para su tesoro y relicario, caso de la donación de Armengol I de Urgel o de la de Ermesinda (28). Sin embargo, por lo general son frecuentes las menciones del juego de ajedrez en cuanto a las pasiones o acciones desarrolladas por algunos personajes, caso del cardenal Damiano, que se queja al Papa Alejandro II de que los eclesiásticos juegan públicamente al ajedrez (29), y si bien el ajedrez es ejemplo de previsión y circunspección que dirigía Franklin, en algunos casos encubren otras acciones. Tristán e Isolda se conocen en una partida de amor que pudo ser similar a la reflejada en la miniatura del Códice Manesse, alusiva al Margrave de Brandenburgo o como otras tantas de las ilustradas en el libro de Alfonso X el Sabio (figs. 1 y 3). Lancelot también visitará a Ginebra con el pretexto de una partida de ajedrez y Gauvain acabará una partida de este juego defendiéndose de sus enemigos, sirviéndose del tablero como escudo, mientras que su dama coopera arrojando las pesadas piezas a los atacantes (30). Ello servirá para que el emblema adoptado por Gauvain sea un tablero que se sitúa sobre él, aparte de otros símbolos que marcarán la novela, caso del ajedrez flotante, la espada y la mujer (31).

El hecho de que los clérigos jugaran al ajedrez, provocando no sólo escándalo, sino importantes pérdidas, se hace patente en la narración de Gautier de Coinçy, que menciona al monje Teófilo jugándose su alma con el diablo al ajedrez y siendo salvado por intervención de la Virgen que acude a facilitarle la jugada de victoria (32). Otras menciones literarias también fueron recogidas por Viollet le Duc y aluden tanto a Carlomagno como a alguno de sus; sucesores (33).

Posiblemente sean las imágenes del libro de Alfonso X el Sabio, al igual que otras representaciones en. marfil, tejidos o grabados, las que mejor nos representan lo que supuso el ajedrez en la vida medieval y todas sus connotaciones estéticas y simbólicas (34). Pero, por el contrario, son pocos los ajedreces completos que se conservan del mundo medieval, habiendo quedado, por lo general, reducidos éstos a algunas piezas de cristal de roca o marfil que forman parte de relicarios y tesoros y que a menudo se encuentran en algunos Museos eclesiásticos o colecciones particulares (35). Las formas y decoración de las piezas nos sirven para estudiar su evolución a través del tiempo y comprender más perfectamente cómo algunos temas más o menos abstractos convergieron en aspectos figurativos más específicos (36).

Quizá sean las piezas de ajedrez que se conservan en el Museo Provincial de Cáceres y que, según documentación, proceden del castillo de Trigueros del Valle (Valladolid) uno de los ejemplos más completos. Datado como ajedrez de entre los siglos VIII-XI, consta de 17 piezas de madera blancas y 12 negras. La tipología de formas y el material empleado nos hacen llevar la cronología con posterioridad al siglo XIII, lo cual también concordaría con la procedencia de las piezas (37).

Asimismo, el ajedrez del Museo Nacional de Arte Hispano-Musulmán de Granada, obra del siglo XV, conserva algunas piezas de marfil o hueso, mínimas en número, pero que coinciden en cuanto a las técnicas ornamentales con lo que muchos arqueólogos denominan mangos de cuchillo. El único tablero que conozco y de una cierta calidad es el que se muestra en el Museo Provincial de León y que, según los inventarios y publicaciones al respecto, se pone en relación con la familia Luna, uno de cuyos escudos está presente en. el marco. Es un pieza de madera que se sirve de dos tipos diferentes de madera para marcar el diferente color de las casillas y que se ornamenta con unas orlas de vegetación entre las que aparecen los escudos heráldicos y otros elementos de marquetería o taracea (38) (fig. 6).

Un análisis de tipo arqueológico en estas piezas, al igual que en las miniaturas de Alfonso X el Sabio, nos da pautas para la comprensión de la técnica de juego y para entender la existencia de algunos otros elementos que formaban parte del juego. Así el tablero de ajedrez de León conserva la argolla para colgar y sujetar la bolsa con las piezas, a la manera que aparece e n algunas miniaturas del Libro de Alfonso X o en el emblema 23 de Covarrubias (figs. 3 y 7). Los aspectos decorativos del tablero tienen paralelos también en las citadas miniaturas y en otras ilustraciones medievales, pero es curioso también constatar que se mantienen en el tiempo en algunas otras representaciones artísticas.

Aspectos relativos al juego entre caballeros, personas de diferentes países u hombres y mujeres pueden contemplarse en estas miniaturas, así como el acompañamiento de servidores, músicos y los propios elementos de mobiliario y arquitectura de la época. Pero junto a esta iconografía figurativa, el juego de ajedrez encierra otros simbolismos, caso de la antítesis entre el propio juego de ajedrez y el nard o tablas que a menudo se ofrece en el reverso del tablero, caso curioso del tablero de ajedrez del Museo de León (fig. 5) o la combinación que se da en ejemplares más modernos. Véase en algunas piezas de Museos o en la ilustración de Nicolás de Larmesin (fig. 8).

La simbología alusiva al campo de batalla y "una astucia sin el sometimiento de los dados y sin sangre" (39) es uno de los elementos que ha propiciado su gran aceptación. Algunas teorías filosóficas han respaldado el juego de ajedrez, caso del qadr que defiende el libre albedrío y se identifica con este juego, mientras que el nard se encuentra afectado por el determinismo divino o yahr (40). En este caso, el Libro de Ajedrez, Dados y Tablas de Alfonso X es clarificador en el ejemplo aportado en el diálogo entre los tres sabios y el rey. El primer sabio defendía: "más ualie seso que uentura" (ajedrez); el segundo: "más ualie uentura que seso" (dados), y el tercero: "uenir tomando delo uno e delo al" (chaquete), ya que "qui las sopiere bien iogar que aunque la suerte delos dados le sea contraria, que por ser cordura iogar que esquiuara el danno quel puede uenir por la auentura delos dados" (41).

De la misma forma, algunas valoraciones morales atañen al juego de ajedrez, que se pone como ejemplo de aquellos hombres que van retrasando su arrepentimiento hasta la hora de la muerte, "como jugador de ajedrez no experto que dice 'No me importa que me vayan tomando las piezas (familia), porque al fin daré mate'...". Y es que, según los moralistas medievales, el demonio es jugador experimentado, hecho que se ha representado a menudo en las imágenes medievales, en las que la muerte o el propio diablo juegan, esa partida definitiva con el hombre. Recordemos la genial secuencia de Bergman en "El Séptimo Sello" (42) (fig. 4).

Otras valoraciones simbólicas aluden al amor de Dios por aquel gesto del jugador manteniendo largo rato la pieza de ajedrez en sus manos para liberarla del alcance del enemigo. Sin embargo, la interpretación más frecuente del juego de ajedrez y en el que conviven las imágenes que nos representan el tablero y la bolsa de las piezas es la que se refiere a los papeles desempeñados por el hombre en el mundo y que contemplan por un lado su igualdad y asimismo su espíritu de superación, como el peón que trata de llegar a alférez o dama.

"En tanto que vivimos, cada uno tiene su puesto en la república, con cuya variedad se compone y se conserva. Pero llegado el día de la muerte, la tierra nos recibe con tanta igualdad que no (h)ay distinción del rico al pobre. Y así es como la bolsa de los trebejos en el axedrez, que acabado el juego, todos entran confusamente en el saco. Y esto nos significa el emblema con el mote francés 'Roys e pions, dans le sac son eguaux'" (43).

Explicación que también recoge Sancho Panza y que no está nada lejos del poema antes mencionado de Ibn Labbana (44) "Brava comparación... como aquella del juego del ajedrez, que mientras dura el juego, cada pieza tiene ser particular oficio; y en acabándose el juego, todas se mezclan, juntan y barajan y dan con ellas en una bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura".

Una afirmación siempre vieja y nueva a la vez, pero que prueba, una vez más, que el ajedrez es algo más que un juego y que ese simple tablero de 64 escaques alternos encierra una imagen de microcosmos (45).


NOTAS

(1) Zweig, S., Una partida de ajedrez, Madrid, Espasa, Col. Austral n° 541.

(2) Calvino, I., Las ciudades invisibles, Buenos Aires, 1972. Eds. Minotauro, pp. 119-120.

(3) Edic. Pedro Alfonso, París 1824, apud Wieber, R., Das Schachspiel in der arabischen Literatur, von den Anfángen bis zur zweiten Hálfte des 16.Jhts. Walldorf-Hessen 1972, pp. 68-69 y nota 1. Steiger, A., Das Schachzabelbuch Kónig Alfons des Weisen, Ginebra, 1941, p. 5. García Gual, C., Primeras novelas europeas, Madrid, 1974, p. 110. D'Haucourt, G.,"Comment se divertissait-on au Moyen Age?". Archeologia, n°8 (1966), pp. 65-68. Beigbeder, O., "Jeu des Rois, Roi des jeux". Archeologia n.° 8 (1966), pp. 62-64.

(4) Cfr. en Cantera, Sefarad XXVII (1967), p. 95.

(5) León Tello, P., "Costumbres fiestas y ritos de los judíos toledanos a fines del siglo XV". Simposio. Toledo judaico, II, p. 89.

(6) Koschorreck, W.. Der Sachsenspiegei in Bildern, Frankfort, 1977, 2 a ed., pp. 110-111. Vetter, E., Bilder aus der Handschrift "Der Welsche Gast" des Thomasin von Zerclaere, en Zucht und schóne Sitte, Wiesbaden, 1977, pp. 78-79 y 100-101.

(7) Ferrandis, J.: La vida en el Islam español, Leipzig, 1936, pp. 22-23.

(8) Otto-Dorn, K., El Islam, Barcelona, 1965, p. 89.

(9) Véase lo relativo al Ludus duodecim scriptorum en El Libro de los Juegos del Mundo, Madrid, 1979, Unicef, p. 150.

(10) Vide la voz Shatrandj en Encyclopedia of Islam, Leiden, 1934, IV, p. 338. Aben Ezra, Carmina Rhytmica de Ludo Shah-mat, por R. Abraham..., beatae memoriae. (Cfr. en Rodríguez de Castro, J., Biblioteca Española, Madrid, 1781, I, p 183. Lucena, L, Repetición de amores e arte de axedres con CL iuegos de partido, dedicado al príncipe D. Juan, hijo de los Reyes Católicos. Lopéz, Ruy, Libro de la invención liberal y arte del juego del axedrez..., Alcalá, 1561.

(11) A., "Cheops juega al ajedrez", Investigación y Ciencia, Barcelona, oct. 1976, p. 47. Véase la famosa ánfora panzuda. de Exequias, 530 a Xto. Vaticano. Museo EtruscoGregoriano, en la que juegan Aquiles y Ayar: sobre un tablero. Cfr. Wieber, op. cit., pp. 88 y 90-96. Steiger, op. cit., p. 6.

(12) Pareja, F.: La fase araba del gioco degli scachi, Roma, 1953. Cfr. también en Oriente Moderno, XXXIII, n.º 10 (1953), pp. 408-409.

(13) García Morencos, P.: Libro de Ajedrez, Dados y Tablas de Alfonso X, el Sabio. Madrid, 1977. La revista Reales Sitios también dedicó un número a este tema (nr. 51), ampliamente ilustrado, aparte de algunas ediciones facsímiles o en microfilm como la de Steiger.

(14) Cfr. El Gran Libro de los Juegos del Mundo, Madrid, 1979, p. 71.

(15) García Morencos, op. cit., figs. 17 y 20.

(16) Ibidem, fig. 16.

(17) Wieber, op. cit, p. 88.

(18) Ibidem, págs. 88-89.

(19) Ibidem, pp. 90-91. Véase el manuscrito de la Bib. Nacional de Madrid: Tractatus de Ludo Scacorum, Ed. Madrid 1970, pp 28-37. Una amplia reseña de este libro en Sans Caballero, J.: "Los secretos del ajedrez", Ejército n.º 444, enero 1977, pp. 55-59. Wieber, op. cit., pp. 92-93.

(20) Wieber, op. cit., pp. 90-91.

(21) Pareja, op. cit., p. 410. Idem, El libro del ajedrez, Madrid, 1935, II, p. LXII. Rosenfeld, H., "Kartenspiel und Tarock". Archiv für Kulturgeschichte, 52 (1970), pp. 65-94. Schwabe, J., "Arithmetische Tetraktys Lambdorna und Pythagoras". Antaios, VIII (1967), pp. 421-449.

(22) Cfr. Dante en Paradiso, XXVIII, vers. 91-93. Pareja (1935), II, p. LVII-LXI. En el tomo I, p 9 pone en relación este número con las brazas que mide la Tierra. Su cifra es el doble de la recogida por Wieber: pp. 103-105.

(23) Piferrer, Nobiliario español, II, p. 213-215, n.° 1017. Otros temas y leyendas en Finkenzeller, R. et alia: Ajedrez 2000 años de historia, Madrid, 1989, Anaya, pp. 8-41.

(24) Wieber, op. cit., pp. 244-253.

(25) Ganzo, J., "Ajedrez. Historias para la Historia", Ejército (s.d.), pp. 95-96. Pareja (1935), II, p. LXXIII (Jugadores famosos de la España musulmana). También: p. LXXIV. Wieber, op. cit., p. 81.

(26) Pareja (1935), II, p. LXXVI, cfr. LXXV y nota 4.

(27) Pareja (1935), II, p. LXXIV, y Pareja (1953), p. 409.

(28) Pareja (1935), II, p. LI y Wieber, p. 66.

(29) La referencia procede de Wichmann, p. 24 y Wieber, pp. 65-66. Las otras referencias proceden del Cartulario de Seo de Urgel y de un Ms. R. Berenguer del Archivo de la Corona de Aragón.

(30) Chrétien de Troyes: Perceval o el cuento del Grial, Madrid, 1961, Espasa, Col. Austral n.º 1308; pp. 156 y 158.

(31) Lodewick, el alia: Ik probeer mijn pen. Atlas van de nederlandse letterkunde, Amsterdam, 1979, pp. 10-11 y fig. 7.

(32) Plenzat, IC., "Die Theophiluslegende in den Dictungenn des Mittelalters", Germanische Studien, Berlin, 1926, p. 105.

(33) Viollet le Duc, E.: Dictionnaire du Mobilier, Paris, 1874, II, pp. 463-471.

(34) A.: Chess in art & Society, Londres, 1977, British Library, pp. 24-28.

(35) Fite i Llevot, F.: "El lot de peces d'escaques de cristal de roca del Museu diocesá de Lleida, procedentes del tresor de la Col?leogiata d'Ager (s. XI), Acta Historia y Archeologia Medievalia, 5-6 (1984-1985), Barcelona, pp. 281-312, 32 figs. Wieber, pp. 239-242. Diferentes referencias a Ettinghausen, Lewis, Kitzinger... Camon, J., "Las piezas de cristal de roca y arte fatimí encontradas en España. Lote del Monasterio de Celanova" Al-Andalus IV (1936-39), pp. 396-405. Gómez Moreno, M.: "Los marfiles cordobeses y sus derivaciones", A.E.A.A., VIII (1927), pp. 233-243. Wichmann, H., Schach. Ursprung und Wandlung der Spielfigur in zwölf Jahrhunderten, Munich, 1960. Gay, V., Glossaire archéologique au Moyen Age et de la Renaissance, París, 1887, reed. 1967, pp. 595-597.

(36) Taylor, M., The Lewis Chessmen, Londrs, 1978, British Museum, 16 pp.

(37) Beltrán, M., Catálogo del Museo de Cáceres, Madrid, 1982, p. 95.

(38) Díaz Jiménez, E.: Historia del Museo Arqueológico de S. Marcos. Apuntes para un Catálogo, Madrid, 1920, p. 97.

(39) Pareja (1935), 1, pp. 15-16, y elogio del ajedrez en pp. 16-18.

(40) Pareja (1935), II, p. LXIII.

(41) Pareja (1935), I, pp. 10-11. Recoge una cita textual de Alfonso X.

(42) Pareja (1935), II, p. LXII-LXVIII. Murray, H., A History of Chess, Oxford, 1913, p. 535.

(43) Covarrubias, S., Emblemas morales, Madrid, 1610. Ed. Facs., 1978, Emblema n.º 23.

(44) Cervantes, M., El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, Madrid, Ed. Castalia, cap. XII, 2.ª parte, p. 121. Referencia a edic. de Rodríguez Marín, Madrid, 1947-9.

(45) Este trabajo está dedicado a mi padre, Francisco Lavado, de quien aprendí cuanto sé de ajedrez, y a Félix M. Pareja, maestro y amigo, con quien descubrí que el ajedrez era algo más que un juego.