CUADERNOS DE ARTE E ICONOGRAFIA / Tomo IV - 8. 1991
 

 

LA ICONOGRAFÍA SIMBOLISTA EN EL PINTOR JOSÉ VILLEGAS (1844-1921)

Gerardo Pérez Calero

El Simbolismo, además de constituir una constante artística, es un amplio movimiento cultural que afecta específicamente al fenómeno literario y a las artes plásticas en general, teniendo en la pintura un particular desarrollo en torno al último cuarto del siglo XIX y primero del presente, especialmente en Francia e Inglaterra. Su trascendencia en el arte contemporáneo se traducirá de algún modo en el nacimiento de la pintura abstracta, resultado de llevar a sus últimas consecuencias la falta de referencia directa a la realidad externa.

El fenómeno simbolista es España va unido con frecuencia al Modernismo, especialmente en Barcelona y sus centros de influencia, mientras en Madrid domina un mayor academicismo, tal vez por la riqueza museística de la capital. El caso de Sevilla es distinto, ya que su escuela artística posee unas características no asimilables a las anteriores de manera esencial, si bien recibe esporádicas influencias de ambas, especialmente de la primera. En ella, algunos pintores como José Villegas y Cordero, nacidos a mitad de siglo, se sienten sensibilizados por el ambiente de una tierra tan dada a meditar sobre la trascendencia de la vida y a reflejar en imágenes más o menos poéticas actitudes trascendentes, que se convierten en símbolos de su propia idiosincrasia. Pero esta actitud, llevada a cabo por muy pocos artistas, obedece, a la postre, a una iniciativa personal motivada por el contacto con los movimientos artísticos europeos a través de revistas de diseños, de decoración, dibujos de artes y oficios, etc., que daban a conocer las novedades iconográficas que se producían especialmente en los salones parisinos y en las exposiciones universales de 1878, 1889 y 1900. También hay que apuntar la relación de algunos artistas sevillanos con otros catalanes. Finalmente y no en último lugar por su importancia, la iconografía religiosa simbolista en la Pintura sevillana tiene un especial arraigo local, piénsese en el verdadero valor simbólico de la imaginería barroca, especialmente la procesional, muchos de cuyos talleres, heredados de padres a hijos, siguen aún abiertos a fines del XIX.

No existe, en rigor, un programa iconográfico previo en los pintores sevillanos cultivadores de un simbolismo muy desigual, tanto en lo que se refiere a su intencionalidad temática como a su factura formal. Sin embargo, a todos ellos les mueve un interés por crear ideas subjetivas sintéticas con grandes dosis de decorativismo. Además, la mayoría ve en el Simbolismo cierto eco romántico, que a su vez recoge la herencia barroca que lo convierte de esta manera es un fenómeno histórico en el arte hispalense; piénsese también en el eco de las Postrimerías, de Valdés Leal, del Hospital de la Santa Caridad de Sevilla.

José Villegas y Cordero (1844-1921) es el típico pintor sevillano de entresiglos, representante de la generación puente entre el RomanticismoRealismo y la Pintura novecentista que, dentro de un peculiar eclecticismo, acoge al Simbolismo en la última etapa de su producción. Ello es debido no sólo al afán del artista por cumplir sus compromisos ante una variopinta clientela que le obligaba a estar al día en la moda imperante, sino también y especialmente por su sensibilidad ante los fenómenos sociopolíticos que se desarrollaban a su alrededor: el ambiente de desasosiego en que se ve sumida la sociedad española a fines de siglo -recogido expresamente por los componentes de la Generación del 98- como eco a su vez de los acontecimientos que se están produciendo en Europa, cuyo desenlace llevaría a la Primera Guerra Mundial. Todo esto se verá plasmado en su serie titulada El Decálogo, verdadera esencia del simbolismo religioso del pintor, cargado a su vez de elementos modernistas.

Ejecutado entre fechas tan significativas como 1898 y 1914, El Decálogo constituye, según las palabras de su autor, "eco sonoro de sentimientos y pasiones que brotaron del alma del artista; un valor espiritual que se lanza al combate esperando hacer vibrar las conciencias atormentadas por la congoja de esta hora trágica. Es una obra en la que, como en la vida, el bien surge del mal. Si consigo que la sensibilidad delicada y expresiva que anida en ella se transmita a todo espectador a través de diversas gradaciones de cultura, habré realizado mi ensueño evocador de un ideal que nos purifique del positivismo y escepticismo del presente" (1).

El Decálogo es la síntesis de los méritos más expresivos del Simbolismo como tendencia artística que propicia los valores espirituales frente a los materiales, que se iban adueñando de la sociedad moderna. Constituye, además, una obra polémica por su complejidad temática e intencionalidad iconográfica, que despertó no pocos recelos en los ambientes intelectuales de una Sevilla que tomó dos actitudes ante la misma: los entusiastas de las "nuevas" corrientes estéticas, progresistas en arte, frente a los puristas y académicos. Entre ambos grupos se entablaron auténticas batallas dialécticas que capitaneaban determinados miembros del clero local que, por considerar la serie pictórica como religiosa en su forma y contenido, reconocían su obligación moral de intervenir en los debates, pese a que algunos de ellos -los opositores- consideraban que la obra fue sugerida por el propio Papa León XIII (2).

Se ponía en juego la heterodoxia de la misma por su iconografía teosófico-masónica, al relacionar a su autor con la Rama Fraternidad de la Sociedad Teosófica de Sevilla. Él mismo asistió, por invitación expresa de sus directivos, a la velada del 24 de noviembre de 1916, en la que, según la prensa local, el presidente de la asamblea dirigió cariñosas frases de saludo y encomio al pintor, presentándolo al resto de los presentes y ponderando su Decálogo en relación con la propaganda de las ideas teosóficas. El propio Villegas, en esta ocasión, explicó su obra como propia del Simbolismo; pues, "cada tono, cada figura, cada detalle, o signo que para el vulgo pasa desapercibida, es el simbolismo de una idea teosófica" (3). Con ello se evidencia el afecto del artista por semejante movimiento estético; definiendo, al propio tiempo, sus dos características más importantes: el signo, como elemento iconográfico fundamental; y su complejidad y dificultad de comprensión para el espectador medio.

Mas, al continuar el propio artista comentando su obra magna, reconoce en ella la inspiración en muchos aspectos de la literatura simbolista, especialmente la francesa. En este sentido, existe cierta afinidad entre sus pensamientos artísticos y los del poeta mejicano Amado Nervo (1870-1919), contemporáneo de Rubén Darío y partidario también de sus ideas estéticas. Villegas y Nervo se conocieron en Madrid cuando el sevillano dirigía el Museo del Prado. Es presumible que de la influencia recíproca surgieran el propio Decálogo y la Revista Moderna, fundada por el mejicano y su compatriota Jesús E. Valenzuela.

La iconografía de El Decálogo testimonia su vinculación al simbolismo por la inclusión de elementos fantásticos e irreales: velos transparentes que ondean al viento, halos resplandecientes sobre los personajes, ruedas centelleantes, arcos, círculos y triángulos concéntricos, manos humanas que proyectan radiante luz de sus dedos, y toda suerte de efectos buscados deliberadamente para crear un adecuado ambiente propiciador de emociones sensoriales infinitas en el espectador. Los mismos títulos de los cuadros que conforman la serie indican la intencionada abstracción que su autor quiso imprimir a cada uno de ellos: Muere la materia, no el espíritu; Los males nos circundan y abrazan; Descanso; Ayuda a tus padres; Perdona a tu prójimo;Únete a la que elejiste por compañera en la vida (lám. 2); El trabajo ilumina el camino de la fortuna; Haz luz que salve al inocente; Aparta de ti toda tentación que dañe al prójimo; Bendice el pan que produce la fatiga; La muerte no existe, todo se transforma.

Si El Decálogo constituye en la obra de Villegas la representación más acusada del simbolismo religioso, cargado de sentido profano, existen también en su producción otros cuadros de representaciones alegóricas y costumbristas o seudohistóricos en los que, con matices muy sutiles, pueden también advertirse determinados caracteres simbolistas. El más interesante de todos ellos es el que lleva por título: Sevilla dio siempre luz y esplendor (lám. 1) (Lámina del Álbum del Palacio Real de Madrid). Realizado en 1908, es decir, simultáneamente al Decálogo, emplea elementos iconográficos comunes con objeto de crear los adecuados efectos ilusionistas y fantásticos por medio de la luz en su incidencia violenta sobre personajes y objetos.

Es obra de formato apaisado -como la anterior- que representa, en la parte izquierda del espectador a una esbelta y bella alegoría femenina, que bien pudiera ser de la luz, portando en su mano derecha el anagrama de Sevilla "NO-DO", a cuyo alrededor se produce una intensa luminosidad que irradia sobre los rostros sonrientes de jóvenes y bellas muchachas que emergen del fondo de la composición. La alegoría femenina mencionada también sostiene con su mano izquierda una enorme y hermosísima guirnalda de flores blancas que se va enredando por entre los objetos, al tiempo que ciñe elegantemente el talle de otra angelical figura alegórica situada a espalda de la principal. Estas dos comparten una banda en la que aparece la leyenda "Virtute et Merito" que, sin duda, hace alusión a los valores de la ciudad.

En la parte derecha del espectador se efigia a otra figura alegórica (¿la Victoria?) que, en forma de matrona romana recostada sobre un pedestal clásico decorado con un bello relieve, ofrece a la anterior una palma, símbolo de la Fama y la Eternidad. Al propio tiempo lleva sobre su regazo una cinta con la leyenda " La Real Maestranza de Caballería de Sevilla". A su espalda, como representación iconográfica de la ciudad, destaca, de entre una luz irreal, el cuerpo de campanas de la Giralda en cuyo entorno aparecen colgando multitud de hojas que llevan insertos los nombres de personajes célebres que ha dado Sevilla como frutos en los campos del Arte y la Cultura: Velázquez, Lope de Rueda, Juan de Matara, entre otros (4).

Finalmente, de entre los cuadros con cierta huella simbolista -como ya se advirtió- hay que mencionar El baño de Corinto; El triunfo de la joven América; Las vírgenes prudentes y las vírgenes locas y Las tres gracias de Sevilla (lám. 3). En ellos puede observarse la desaparición de muchos de los caracteres fantásticos e irreales de los anteriores, para convertirse en ejemplos de obras de género en las que el pintor ha concedido el valor de símbolo a determinados personajes u objetos.

Como conclusión, hay que afirmar que el papel que representa Villegas en la pintura simbolista sevillana es determinante, arrastrando con su ejemplo a otros pintores alejados de esta tendencia artística. Este es el caso de José García y Ramos (1852-1912), prototipo de pintor costumbrista que, muy posiblemente sugestionado por el ejemplo de su compatriota, acomete en las postrimerías de su producción cuadro tan significativo como Las ninfas (Real Círculo de Labradores y Propietarios de Sevilla), excepcional ejemplo en su obra de representación claramente simbolista (5).

 

NOTAS

(1) Cuenca, Francisco, Museo de Pintores y Escultores andaluces contemporáneos. La Habana, 1923, p. 388.

(2) Olmedo Sánchez, M., "El Decálogo de Villegas", A.B.C., Sevilla, noviembre de 1974.

(3) "El Liberal", n.º 5725, Sevilla, 25-11-1916.

(4) Pérez Calero, G., "El Simbolismo en la Pintura sevillana (1880-1938). Rev. Laboratorio de Arte, n.º 2. Universidad de Sevilla. Sevilla, 1989, p. 183.

(5) Vid. nota anterior, pp. 196 y 197.