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El Simbolismo, además de constituir
una constante artística, es un amplio movimiento cultural que
afecta específicamente al fenómeno literario y a las artes
plásticas en general, teniendo en la pintura un particular desarrollo
en torno al último cuarto del siglo XIX y primero del presente,
especialmente en Francia e Inglaterra. Su trascendencia en el arte contemporáneo
se traducirá de algún modo en el nacimiento de la pintura
abstracta, resultado de llevar a sus últimas consecuencias la
falta de referencia directa a la realidad externa. El fenómeno simbolista es España
va unido con frecuencia al Modernismo, especialmente en Barcelona y
sus centros de influencia, mientras en Madrid domina un mayor academicismo,
tal vez por la riqueza museística de la capital. El caso de Sevilla
es distinto, ya que su escuela artística posee unas características
no asimilables a las anteriores de manera esencial, si bien recibe esporádicas
influencias de ambas, especialmente de la primera. En ella, algunos
pintores como José Villegas y Cordero, nacidos a mitad de siglo,
se sienten sensibilizados por el ambiente de una tierra tan dada a meditar
sobre la trascendencia de la vida y a reflejar en imágenes más
o menos poéticas actitudes trascendentes, que se convierten en
símbolos de su propia idiosincrasia. Pero esta actitud, llevada
a cabo por muy pocos artistas, obedece, a la postre, a una iniciativa
personal motivada por el contacto con los movimientos artísticos
europeos a través de revistas de diseños, de decoración,
dibujos de artes y oficios, etc., que daban a conocer las novedades
iconográficas que se producían especialmente en los salones
parisinos y en las exposiciones universales de 1878, 1889 y 1900. También
hay que apuntar la relación de algunos artistas sevillanos con
otros catalanes. Finalmente y no en último lugar por su importancia,
la iconografía religiosa simbolista en la Pintura sevillana tiene
un especial arraigo local, piénsese en el verdadero valor simbólico
de la imaginería barroca, especialmente la procesional, muchos
de cuyos talleres, heredados de padres a hijos, siguen aún abiertos
a fines del XIX. No existe, en rigor, un programa iconográfico
previo en los pintores sevillanos cultivadores de un simbolismo muy
desigual, tanto en lo que se refiere a su intencionalidad temática
como a su factura formal. Sin embargo, a todos ellos les mueve un interés
por crear ideas subjetivas sintéticas con grandes dosis de decorativismo.
Además, la mayoría ve en el Simbolismo cierto eco romántico,
que a su vez recoge la herencia barroca que lo convierte de esta manera
es un fenómeno histórico en el arte hispalense; piénsese
también en el eco de las Postrimerías, de Valdés
Leal, del Hospital de la Santa Caridad de Sevilla. José Villegas y Cordero (1844-1921)
es el típico pintor sevillano de entresiglos, representante de
la generación puente entre el RomanticismoRealismo y la Pintura
novecentista que, dentro de un peculiar eclecticismo, acoge al Simbolismo
en la última etapa de su producción. Ello es debido no
sólo al afán del artista por cumplir sus compromisos ante
una variopinta clientela que le obligaba a estar al día en la
moda imperante, sino también y especialmente por su sensibilidad
ante los fenómenos sociopolíticos que se desarrollaban
a su alrededor: el ambiente de desasosiego en que se ve sumida la sociedad
española a fines de siglo -recogido expresamente por los componentes
de la Generación del 98- como eco a su vez de los acontecimientos
que se están produciendo en Europa, cuyo desenlace llevaría
a la Primera Guerra Mundial. Todo esto se verá plasmado en su
serie titulada El Decálogo, verdadera esencia del simbolismo
religioso del pintor, cargado a su vez de elementos modernistas. Ejecutado entre fechas tan significativas
como 1898 y 1914, El Decálogo constituye, según
las palabras de su autor, "eco sonoro de sentimientos y pasiones
que brotaron del alma del artista; un valor espiritual que se lanza
al combate esperando hacer vibrar las conciencias atormentadas por la
congoja de esta hora trágica. Es una obra en la que, como en
la vida, el bien surge del mal. Si consigo que la sensibilidad delicada
y expresiva que anida en ella se transmita a todo espectador a través
de diversas gradaciones de cultura, habré realizado mi ensueño
evocador de un ideal que nos purifique del positivismo y escepticismo
del presente" (1). El Decálogo es la síntesis
de los méritos más expresivos del Simbolismo como tendencia
artística que propicia los valores espirituales frente a los
materiales, que se iban adueñando de la sociedad moderna. Constituye,
además, una obra polémica por su complejidad temática
e intencionalidad iconográfica, que despertó no pocos
recelos en los ambientes intelectuales de una Sevilla que tomó
dos actitudes ante la misma: los entusiastas de las "nuevas"
corrientes estéticas, progresistas en arte, frente a los puristas
y académicos. Entre ambos grupos se entablaron auténticas
batallas dialécticas que capitaneaban determinados miembros del
clero local que, por considerar la serie pictórica como religiosa
en su forma y contenido, reconocían su obligación moral
de intervenir en los debates, pese a que algunos de ellos -los opositores-
consideraban que la obra fue sugerida por el propio Papa León
XIII (2). Se ponía en juego la heterodoxia
de la misma por su iconografía teosófico-masónica,
al relacionar a su autor con la Rama Fraternidad de la Sociedad Teosófica
de Sevilla. Él mismo asistió, por invitación expresa
de sus directivos, a la velada del 24 de noviembre de 1916, en la que,
según la prensa local, el presidente de la asamblea dirigió
cariñosas frases de saludo y encomio al pintor, presentándolo
al resto de los presentes y ponderando su Decálogo en
relación con la propaganda de las ideas teosóficas. El
propio Villegas, en esta ocasión, explicó su obra como
propia del Simbolismo; pues, "cada tono, cada figura, cada detalle,
o signo que para el vulgo pasa desapercibida, es el simbolismo de una
idea teosófica" (3). Con ello se evidencia el afecto del
artista por semejante movimiento estético; definiendo, al propio
tiempo, sus dos características más importantes: el signo,
como elemento iconográfico fundamental; y su complejidad y dificultad
de comprensión para el espectador medio. Mas, al continuar el propio artista
comentando su obra magna, reconoce en ella la inspiración en
muchos aspectos de la literatura simbolista, especialmente la francesa.
En este sentido, existe cierta afinidad entre sus pensamientos artísticos
y los del poeta mejicano Amado Nervo (1870-1919), contemporáneo
de Rubén Darío y partidario también de sus ideas
estéticas. Villegas y Nervo se conocieron en Madrid cuando el
sevillano dirigía el Museo del Prado. Es presumible que de la
influencia recíproca surgieran el propio Decálogo
y la Revista Moderna, fundada por el mejicano y su compatriota
Jesús E. Valenzuela. La iconografía de El Decálogo
testimonia su vinculación al simbolismo por la inclusión
de elementos fantásticos e irreales: velos transparentes que
ondean al viento, halos resplandecientes sobre los personajes, ruedas
centelleantes, arcos, círculos y triángulos concéntricos,
manos humanas que proyectan radiante luz de sus dedos, y toda suerte
de efectos buscados deliberadamente para crear un adecuado ambiente
propiciador de emociones sensoriales infinitas en el espectador. Los
mismos títulos de los cuadros que conforman la serie indican
la intencionada abstracción que su autor quiso imprimir a cada
uno de ellos: Muere la materia, no el espíritu; Los males
nos circundan y abrazan; Descanso; Ayuda a tus padres; Perdona a tu
prójimo;Únete a la que elejiste por compañera en
la vida (lám. 2);
El trabajo ilumina el camino de la fortuna; Haz luz que salve al inocente;
Aparta de ti toda tentación que dañe al prójimo;
Bendice el pan que produce la fatiga; La muerte no existe, todo se transforma. Si El Decálogo constituye
en la obra de Villegas la representación más acusada del
simbolismo religioso, cargado de sentido profano, existen también
en su producción otros cuadros de representaciones alegóricas
y costumbristas o seudohistóricos en los que, con matices muy
sutiles, pueden también advertirse determinados caracteres simbolistas.
El más interesante de todos ellos es el que lleva por título:
Sevilla dio siempre luz y esplendor (lám.
1) (Lámina del Álbum del Palacio Real de Madrid).
Realizado en 1908, es decir, simultáneamente al Decálogo,
emplea elementos iconográficos comunes con objeto de crear los
adecuados efectos ilusionistas y fantásticos por medio de la
luz en su incidencia violenta sobre personajes y objetos. Es obra de formato apaisado -como la
anterior- que representa, en la parte izquierda del espectador a una
esbelta y bella alegoría femenina, que bien pudiera ser de la
luz, portando en su mano derecha el anagrama de Sevilla "NO-DO",
a cuyo alrededor se produce una intensa luminosidad que irradia sobre
los rostros sonrientes de jóvenes y bellas muchachas que emergen
del fondo de la composición. La alegoría femenina mencionada
también sostiene con su mano izquierda una enorme y hermosísima
guirnalda de flores blancas que se va enredando por entre los objetos,
al tiempo que ciñe elegantemente el talle de otra angelical figura
alegórica situada a espalda de la principal. Estas dos comparten
una banda en la que aparece la leyenda "Virtute et Merito"
que, sin duda, hace alusión a los valores de la ciudad. En la parte derecha del espectador se
efigia a otra figura alegórica (¿la Victoria?) que, en
forma de matrona romana recostada sobre un pedestal clásico decorado
con un bello relieve, ofrece a la anterior una palma, símbolo
de la Fama y la Eternidad. Al propio tiempo lleva sobre su regazo una
cinta con la leyenda " La Real Maestranza de Caballería
de Sevilla". A su espalda, como representación iconográfica
de la ciudad, destaca, de entre una luz irreal, el cuerpo de campanas
de la Giralda en cuyo entorno aparecen colgando multitud de hojas que
llevan insertos los nombres de personajes célebres que ha dado
Sevilla como frutos en los campos del Arte y la Cultura: Velázquez,
Lope de Rueda, Juan de Matara, entre otros (4). Finalmente, de entre los cuadros con
cierta huella simbolista -como ya se advirtió- hay que mencionar
El baño de Corinto; El triunfo de la joven América;
Las vírgenes prudentes y las vírgenes locas y Las
tres gracias de Sevilla (lám.
3). En ellos puede observarse la desaparición de muchos de
los caracteres fantásticos e irreales de los anteriores, para
convertirse en ejemplos de obras de género en las que el pintor
ha concedido el valor de símbolo a determinados personajes u
objetos. Como conclusión, hay que afirmar que el papel que representa Villegas en la pintura simbolista sevillana es determinante, arrastrando con su ejemplo a otros pintores alejados de esta tendencia artística. Este es el caso de José García y Ramos (1852-1912), prototipo de pintor costumbrista que, muy posiblemente sugestionado por el ejemplo de su compatriota, acomete en las postrimerías de su producción cuadro tan significativo como Las ninfas (Real Círculo de Labradores y Propietarios de Sevilla), excepcional ejemplo en su obra de representación claramente simbolista (5).
NOTAS (1) Cuenca, Francisco, Museo de Pintores y Escultores andaluces contemporáneos. La Habana, 1923, p. 388. (2) Olmedo Sánchez, M., "El Decálogo de Villegas", A.B.C., Sevilla, noviembre de 1974. (3) "El Liberal", n.º 5725, Sevilla, 25-11-1916. (4) Pérez Calero, G., "El Simbolismo en la Pintura sevillana (1880-1938). Rev. Laboratorio de Arte, n.º 2. Universidad de Sevilla. Sevilla, 1989, p. 183. (5) Vid. nota anterior, pp. 196 y 197.
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